lunes, 8 de junio de 2015

Levemente incandescente luz blanquecina de la luna.

Me había despertado de golpe luego de una sucesión de imágenes que ya no se atrevían a definirse. Sobre mi cuerpo rondaba una sensación que se asemejaba al estar anestesiado, como si aquél sueño me hubiese truncado la capacidad de pensar claramente, y de estar en todos mis sentidos. La luna se asomaba tenue entre las nubes, y le daba a todo una incandescencia que sólo se notaba con el rabillo del ojo, el reloj indicaba las tres treinta de la mañana, y por la ventana se colaba un viento frío que mi piel aletargada no terminaba de sentir. La cortina se movía y daba paso, con intermitencia, a la luz de la luna; y de vez en cuando el poste de la calle volvía a encenderse en su afán rebelde de no cumplir su función correctamente, y le quitaba el solemne protagonismo que parecía tener esa noche, como si compitieran.

Isabel aún dormía y detrás del cabello que cubría sus ojos parecía haber una colección de acontecimientos tumultuosos, buscando acompañándome a tener una noche insufrible. Con dificultad moví mi brazo y lo acerqué a su cabello para descubrir su cara. La observé por unos minutos.



Qué innatural es la forma que describe este césped, toda una cuadrícula perfecta y decidida a dejar claro un argumento rígido en una noche maleable. Cada paso que tomo va dejando una marca que desaparece a los minutos, como si un niño pisase por mí, y el asfalto parece haberse concertado con la noche. 

No sé por qué caminé tanto tiempo, y sin rumbo, pero la iluminación de ese poste emanaba en mí la sensación más parecida a la que me provocaba la luz del día en esos momentos. 

Pero debe ser el sueño, pues las imágenes en mi mente siguen borrosas.



Me había tomado la molestia de caminar con tal cuidado que ni las escaleras hicieron protesta con su rechinar, en mi presencia. El aire tenía una sensación diferente esa noche; era espeso y daba una impresión de parálisis inherente que creo no haber experimentado nunca. Mi padre solía decir que el ambiente, en su afán por complacer a la mente, se arreglaba cuidadosamente para cumplir su pedido, y luego agregaba, corrigiendo su intentona de sabiduría, que tal vez, sólo tal vez, el asunto era al revés y la mente se hacía esclava de la atmósfera que reinaba.

Al abrir la nevera el eco de la cocina imitaba el sonido que se suponía iba a hacer cuando la cerrara. No podía evitar sentir que algo me observaba en el medio de ese estar oscuro y silencioso, y que hacía que mi mente vagase, en momentánea distracción de aquél miedo infundado, preguntándose lo conveniente que habría sido una noche sin ese sueño. Abrí la puerta principal y observé las ventanas de las otras casas; tal vez yo estaría aún durmiendo y este aire no se metería debajo de mi piel. Caminé.



Me quedé distraído unos minutos viendo cómo titilaba el pequeño anuncio de neón de la cafetería. Se leía "abierto" por una muy pequeña fracción de segundo, luego oscuridad; luego, a los cinco segundos, el ciclo se repetía. Me acerqué al ventanal e intenté ver el reflejo de mi cara, pero la oscuridad logró vencer incluso al destello que dejaba con capricho la señal de neón. Di unos pasos hacia atrás, mientras pasaba un carro con la misma paciencia que la noche.

Sólo cuando me acerqué a la puerta del establecimiento es que estuve completamente consciente de que estaba descalzo. Había recorrido cinco cuadras y media sin un par de zapatos.



Mis pies se habían humedecido y, aunque mis ojos llevaban un tiempo considerable habiéndose ajustado a la oscuridad que me propinaban las nubes luego de tapar a la luna, no lograba ver de qué estaba llena la alfombra de la entrada. Me acerqué al vidrio, en un intento de estar en un lugar más oscuro para ver con más claridad. Mi frente en el guión que separaba la hora que abría y cerraba la cafetería. No logré ver nada.

Apenas me alejaba del ventanal se presentó ante mí la fuente de aquél líquido, y quedé paralizado. Un cuerpo yacía tras la puerta principal del sitio y la sangre se había filtrado por debajo de ella. Mi respiración se agitó, y aquella pesadez del aire hizo que perdiera el aliento con rapidez. Perdía la compostura a la par que el aire.

No puedo decir, al contar esto, que actué con toda sensatez. Acto seguido a aquél ataque de pánico mi primer instinto fue romper el vidrio para abrir la puerta. Cristal y manos destrozados; la alarma empezó a sonar. Me acerqué al cuerpo con la expectativa de una señal de vida, pero estaba frío y con la tez blanquecina.  En medio de aquella perplejidad, la noche se atrevió a orquestar la entrega de otra sorpresa. El sonido de la alarma desapareció, dejé de notar mis rodillas ensangrentadas, y empecé a temblar. 

En el rostro de aquello que fue un ser y ahora es un objeto inanimado con el estampado de su expresión justo antes de morir, no podía observar otras facciones sino las mías. Desesperadamente intenté tocar mi cara, pero mis manos estaban adormecidas. Todo el humor del ambiente parecía haberse transferido hacia mi cuerpo, y dejé de sentir. Convirtióse mi cuerpo en una cáscara vacía y pesada que ahora imitaba a la atmósfera de mi casa, en la que mi amada aún seguía soñando. Y yo, ahora, parecía estar atascado en este momento, esta madrugada, esta cafetería, y este clima, de por vida.

O de por muerte.

Desorientado me volví a la entrada. Ya sin sorpresa noté que no había ventana rota, no había ruido de alarma. Sólo yo y mi cadáver frío.

viernes, 5 de junio de 2015

Ensayo sobre los miles de yo.

Me gusta pensar del muro de Berlín como alguna alegoría accidental —o, tal vez, no tan accidental— a la mente humana, y todo lo que ocurre en ella. Dejando de lado detalles socio-políticos muy específicos, pues, ni hablar del hecho histórico con precisión ni ser un ensayo acerca de él es el objetivo de este escrito, puedo ponerme a elucubrar y unir puntos que tal vez sean imaginarios, pero concuerdan con la visión que a veces ensamblo del universo.

Berlín del este, Berlín del Oeste. Hemisferio derecho, hemisferio izquierdo.

Bien. Solemos entrar en discusiones arduas con nosotros mismos, y lo único que impide que nos molestemos al punto de odiarnos e, incluso, cometer agresión física, es el hecho de que somos, precisamente, nosotros mismos, y generalmente al menos un vestigio de preservación de nuestra integridad queda presente como para evitar hacernos sentir lo que ya odiamos sentir.

Dentro de nuestro meollo cualquier espectador, sin percatarse de nuestra circunstancia de «singularidad», podría pensar que somos muchas personas discutiendo en un mismo cuarto. Con frecuencia me encuentro en una situación de discrepancia respecto a un solo tema y, casi sin excepción, sigue resonando en mi mente la pregunta: ¿por qué, si soy un solo ser, no puedo ponerme de acuerdo ni conmigo mismo? La imagen de aquél muro entonces se coloca en silencio en mis pensamientos, cual símbolo de bandos en disputa,  y es aquí donde aparecen y se unen, simultáneamente, esos puntos.

Si tuviera que hablar de cada persona que está viva en esta tierra, se me iría toda la vida en ello y aún no habría cubierto un cuarto de lo que debí decir. Cada ser vivo es un entramado de experiencias, genes, entornos, cultura, y crianza variadas, lo que hace inevitable que existan discusiones entre ellos; puntos de vista distintos, opiniones distintas.

¿Y si, tal vez, cada experiencia forma un nuevo «ser» dentro de nosotros mismos?

Si cada miedo es un grito de nuestros yo en el momento que nacieron, como una especie de foto animada que intenta probar su punto por miedo a que exista un espejo que le revele su dolor, el asunto cobraría más sentido. Podríamos hablar de nosotros como una variada multitud con una cosa en común: su objetivo. Alguno de ellos, dependiendo de sus cicatrices, mostrarán más pasión que otros, y su grito será ensordecedor. 

Algunos te paralizarán. Otros serán los que, con su llanto, te hacen llorar a ti; o los que te muestran fotos de su felicidad, y te la contagian.

Si es así, aquellos abuelos que viven en paz, con una sonrisa en su rostro, son la cosa más digna de admirar. Ellos tienen toda una humanidad dentro de sí, y lograron callarlos, calmarlos y, más importante, llegar a un consenso.

Y, por si te lo preguntas. No, ni sobre esto tengo uno.

sábado, 9 de mayo de 2015

La extraña coincidencia en un puente arqueado.

Hacía unos días me había despertado jadeando y lleno de sudor. El sueño que tuve ese día fue especialmente angustioso, y luego de eso nada pudo remediar el efecto de haberme parado de esa manera a las cuatro de la mañana. Había estado teniendo buenos momentos luego de haberme mudado aquí; todo iba viento en popa, aunque cambiar mi rutina a una más fuerte y ocupada hizo de las suyas. 

Vivía a unas cuadras de un supermercado y de la estación de metro de la ochenta. El festival de luces que me propinaban los edificios, los postes y los carros se hacía presente de manera progresiva cada vez que regresaba a mi apartamento; en los días lluviosos se hacía majestuoso. El atardecer azul y las nubes hacían de escenario para cada uno de esos pequeños espectáculos. Ese día, aparte de las diligencias que me quitaron todo un día de productividad, había tomado un rápido desvío para comprar lo necesario para la semana, e iba de vuelta a mi hogar, sin una sola distracción. Con el pasar del tiempo había desarrollado un ensimismamiento que no había visto antes en mí, y mi habla se había hecho casi nula, puesto que era un recién llegado a este lugar. Sólo conocía a unos pocos.

—Hoy no escuché tu música a todo volumen— Abría Ana la puerta que estaba justo enfrente a la de mi apartamento.
—Pues hoy no estuve en mi casa todo el día, Ana— Dije con un tono burlón. Sabía que le molestaba algo la música, pero también que estaba feliz de dejarme quieto, ya que era lo poco que tenía ahí.
—Cómo era de obvio. Tenía que ser por eso.

Luego de sonreír a medias se despidió y cerró la reja. Yo entré en mi casa. Resonaba el eco de un apartamento lleno de sólo uno que otro mueble. El sonar de pasos mudos y bolsas doblándose. Lancé las llaves y me quité los zapatos. Saqué de mi bolso mi pasaporte; desde hoy a las tres de la tarde se leía "residente" en la página de la visa. Con una leve sonrisa en mi cara me dí cuenta del alivio que esa simple palabra significaba.

Interrumpí el retumbar alejado de los carros, los vagones del metro y el viento citadino mezclados en uno solo, y puse mi música a todo volumen.

Francamente, no sé si lo hacía para molestar a Ana o porque simplemente eso era lo necesario para matar el sentimiento de la soledad, pero sólo lo hice. Acostumbraba quedarme viendo por la ventana la silueta de la ciudad. A lo lejos se veía este puente arqueado e iluminado que, en las noches, llamaba mi atención. Más allá las casas de los adinerados se asomaban en la parte alta de la montaña. Quizás uno de ellos está viendo hacia acá, asomado en los grandes ventanales de su hogar. Sonó el timbre.

—Por amor a cristo, no necesitas destruirte los oídos. Bájale a eso. Y abre, tengo cervezas— Vi el rostro de Ana. Mi cara de extrañado se notaba aún detrás de la reja.
—Sé que eres algo desagradable, pero suponía que tienes amigos y beberías cerveza con ellos, Ana— Podía bromear con ella en esta especie de odio mutuo y satírico.
—Cállate, ¿quieres?— Dijo mientras yo reía— Vamos a celebrar tu residencia. Abre, antes de que me arrepienta.
—Wow. Y eso lo sabes, ¿cómo?
—La conserje.
—La conserje— Repetí y reímos casi en coro— Claro. Entra.



Luego de esos dos meses de soledad extrema por fin bebía unas cervezas en plan de reunión social. No sabía la joya de vecina que tenía hasta después de ese momento. Supongo que cada uno de los días que pasaba completamente a solas se apilaron para hacerme un poco más asocial. Pero bien, pude consumir unas cuantas botellas. La conversación, con silencios ocasionales, fluyó sin muchos problemas. Y bien, puedo decir que extrañaba aquella facilidad para hablar.

—¿Ves aquél puente, Ana?— Pude decirle mascullando un poco las palabras. Estaba algo ebrio.
—Ah. ¿El iluminado?
—Sí.
—Sí, lo veo. En ese puente se suicidó mi padre— Me quedé mirándola algo aterrorizado. Frente a su respuesta tan repentina, simplemente no sabía qué pensar acerca de ello.
—Supongo que acabo de descubrir mi talento para que me gusten lugares trágicos, ¿ah? Bien. No lo sé, desde que llegué aquí me ha llamado la atención.
—Tal vez los dos tienen el mismo gusto retorcido. A veces lo odio un poco por habernos hecho eso.
—Bien, no le excusaré el hecho de haberse quitado la vida. Pero, tal vez fue ese el lugar que más agrado tenía para él. Algo tuvo que significar.
—Sólo sé que no he podido pasar cerca de ese puente sin sentirme mal— Bebió un sorbo grande de su cerveza.



Todos los días, luego de salir de la universidad, tomaba el metro, hacía trasbordo y seguía hacia el norte de la ciudad; hacia mi trabajo. Todos los días pasaba alrededor de cuarenta minutos viendo los edificios, árboles y uno que otro almacén gastado atravesarse entre mí y el paisaje de la ciudad. Algunas veces iba parado, otras sentado, viendo entrar y salir a cualquier tipo de personas. Mi rutina se repetía, dotada ahora de algo más de alivio.

Uno de esos días, el desvío correspondiente fue el puente.

Un río y una autopista pasaban debajo de él; uno al lado del otro. Estaba oscureciendo y las luces de colores comenzaban a adornar los arcos que lo soportaban. A medida que caminaba, me fue inevitable notar la peculiar cabellera de Ana, en el medio. Estaba mirando hacia el río. Algo turbado por la coincidencia, me paré a su lado y me apoyé en la baranda. Tenía ella los ojos hinchados.

—Si hubieses llegado quince minutos antes habrías visto cómo se reflejaba el sol en el río. 
—Ana. Estás aquí. 
—No me digas, Sherlock. Creo que ya sé por qué eligió este lugar, sabes.
—¿Aparte del reflejo? Imagino que por la cantidad de viento que tiene este lugar. Un loco pensaría que puede volar—Corté una risa, e hice una pausa. Hablaba un poco más con ella que con cualquier otro ser— Un hombre a punto de suicidarse podría pensar que el viento se llevaría todas sus preocupaciones, después de muerto— Dije, como segundo pensamiento.

Hubo un largo silencio. Ana parpadeó, una lágrima salió a un costado de su ojo.

—Sí. Ustedes dos son igual de retorcidos.
—Explícame.
—La carta que dejó. En un párrafo hablaba del viento.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Remitente y destinatario.

Siempre hay un destinatario a toda carta que te atreves a escribir. Y con ello quiero dejar claro que ese proceso no involucra el acto de ser enviado sino, más bien, la intención que queda oculta entre letras. Marca de agua en una hoja manchada de garabatos.

Toda carta ha de tener un destino, reitero. Deberá llegarle a alguien; un par de manos calientes y sorprendidas, o simplemente un buzón oculto en tu mente. Quién sabe.., tal vez a un personaje ficticio de la historia de los mil sueños, tal vez a tu amigo imaginario, tal vez a aquella mujer que viste en el pasillo de la universidad el otro día. De una u otra manera el ciclo será completado con éxito, y alguna parte de ti podrá descansar.

Y de tantas, aquellas cartas que nos enviamos a nosotros mismos. A los yo asustados, nerviosos y escondidos, porque cuando ellos más necesitan de alguien, aquí estamos para ayudarnos. A los yo enamorados y carentes de realidad, un poco de tierra en sus zapatos no estaría mal. Pasamos nuestra vida lanzándonos miles de pequeñas notas con un remitente y un destinatario, y cada una tiene un propósito.

Cada pensamiento; cada sentimiento. ¿Qué poético, no? Bien, es que es así. Existe una poesía barata detrás de todo esto, y sin embargo no deja de ser hermosa.

También osamos recibir correspondencias, aunque su remitente usualmente parezca estar escrito con una tinta que no llegó a mantenerse viva el tiempo suficiente. Recibimos recordatorios de vidas pasadas, o futuras. Leemos conversaciones que, sinceramente, no tenemos idea de dónde salieron, ni dónde comenzaron. Recibimos golpes por escrito, y silencios también.

Sí, silencios por escrito.

En ocasiones la muchacha del pasillo se queda leyendo aquella declaración de amor. Sonrisa desenfocada, tinta transparente. Es que, enfrentémoslo, probablemente esa carta no salga de tu mente. Otras veces, con un tono mudo que se transporta hacia tu mano, le escribimos a quienes ya no están, a quienes pudieron estar, o a quienes se quisieron ir. Puede que pidamos, a llantos, su regreso, o puede que queramos recordarles que nos va bastante bien, pero que nos iría mejor si su olor se paseara por nuestra nariz un minuto más. También le enviamos una carta a las posibilidades; le enviamos una carta a quien —o lo que— puede llegar a nuestras vidas. Dejamos por escrito su rostro, su sonrisa, sus bromas y su tono de voz, y lo bien que nos hace sentir. O bien, sólo describimos el atardecer y la silueta de las montañas en conjunto con el cuadriculado de luces que nos paralizaría.

Me aventuro, aunque sólo haya tenido la oportunidad de explorar mi mente, a decir que todos tenemos al menos una carta enviada. Y si alguien la ha abierto, al menos ahí dentro, detrás de tus ojos, en el tope de tu cuerpo, para algo ya cuenta.

sábado, 18 de abril de 2015

¿Estoy loco?

Tengo una foto de mi abuelo en el corcho que está al lado de mi televisor, casi justo al frente de mi cama, y encima de la repisa que sostiene mis libros. Ese corcho, en los momentos que dejo vagar mis pensamientos, parece tener una fuerza inimaginable, pues es capaz de soportar tantos pinchazos; tantas agujas clavadas en su superficie, y siempre está preparado para más. 

Otras veces, comprendo que nació tan roto, tan dañado, que sólo es una aguja más, o una aguja menos. Para él no existirá dolor si se trata de su rutina.

Es ese mismo corcho el que también sostiene una imagen de la oficina en la que nunca llegué a trabajar, el apartamento que nunca tuve, y la foto del amor de mi vida... Amor que perdí. Todo eso junto a un puñado de ilustraciones de mis ambiciones. Cuando dejo vagar aún más mis pensamientos he de preguntarme, acostado en esa cama, con el rechinar del ventilador de techo, la tenue luz del poste entrando por la ventana y compitiendo con la del bombillo, y el silencio que no me deja tranquilo, si ese corcho se dejará quitar esas fotos. Alguna especie de fuerza que no comprendo previene que simplemente decida un día despegar la tachuela de su sitio y tirarla a la basura con la foto aún clavada en ella. Herir esos recuerdos, y quitarle una aguja al pobre. 

Y como si no fuera suficiente, con mi desagradable trabajo en mi cubículo sin privacidad, mi cuarto alquilado —aunque, le puedo dar eso, la ama de casa es agradable—, y el calor de la calle a las dos de la tarde, vivo en una inmensa foto que parece recrear lo que mantengo en ese corcho. De serlo posible, creo que la vida justo ahora imitaría el silencio que logra aturdirme y volverme loco en ese cuarto. 

En aquél día de septiembre no bastó con eso. No, ni con el tráfico fluido que, paradójicamente, me asquea, ni la mirada que combinaba desinterés y desprecio del trabajador de la única cafetería decente en la ciudad, ni el muerto amarillo que proyectaba la montaña a lo lejos. Hacía mucho tiempo que no me había dignado a salir con alguien, y había conocido esta encantadora mujer de camino al trabajo, luego de haberme tropezado con ella. No lo niego, sus ojos me hicieron salir del estado de concentración con el que camino, ensimismado, y su cabello subía y bajaba con el suave viento de la seis de la mañana. Luego de unas cuantas disculpas obtuve su nombre... Y una cita.

En la noche de ese mismo día las hojas salían en manada despidiéndose forzosamente de las ramas. El viento me hacía cruzar de brazos, e ir cabizbajo; aunque eso ya lo habría hecho, con viento o sin él. Luego de salir del restaurante habiendo bebido un vaso y medio de agua en una mesa que parecía entender mi pesar, había emprendido mi caminata apurada y sin mirar a los lados. El sentimiento de incomodidad, vergüenza y los vestigios de tristeza que me hacían muecas cada dos minutos me hacían querer salir corriendo; me habían dejado plantado. Esa conversación que la recién conocida Sarah me propinó terminó siendo sólo una muy sutil muestra de educación. 

Abrir la puerta se me hizo la tarea más ardua de la tierra. Encender la luz de mi cuarto hizo que me encandilara. La cama yacía desarreglada, el ventilador hacía el ademán de encenderse con el viento que se colaba por la entrada, y el corcho.... El corcho seguía ahí. 

Maldito corcho. 

No pude hacer más que romper en lágrimas sin contemplaciones. La puerta abierta, el ventilador moviéndose, mis rodillas en el piso, mis brazos en la cama, y mi cara en mis brazos. No podía creer que todo se acomodara de esa manera para desmoronarme y hacer de mí esta hoja quebradiza y seca que ahora se encontraba en una crisis en medio de un cuarto de tres por cinco. Agradeciendo internamente lo conveniente que tenía esta puerta independiente de toda la casa, la cerré, con mi rostro dominado por una expresión perdida. Me senté en la cama. Mi teléfono sonó.

«Trabajé hasta tarde, lo siento. Conozco un buen lugar en el que venden unos batidos que tal vez puedan compensarte mi desliz. ¿Sábado a las siete?»

Me levanté de la cama. Y con más lágrimas en el rostro, en un ataque de furia, arranqué el corcho y lo doblé hasta que se quebrara. Apresurado salí y me quedé parado frente al contenedor de la basura con el pedazo de tabla en las manos. Los insectos se refugiaban en la luz del poste. Las bolsas retumbaban con el choque del viento. Un perro ladraba a la distancia, tal vez a la nada. Despegué la foto de mi abuelo, la sostuve en mis manos, y regresé a mi habitación.

Nunca pensé que para borrar esas imágenes de ese cuarto habría tenido que romper aquél corcho. Nunca pensé que tendría que cobrar esa víctima inanimada con la que, de una manera bizarra, me había encariñado. Las fotos se despegaron de la madera y el viento las volvió una hoja más de los árboles. El poste iluminaba la tabla quebrada y doblada. La luna se asomaba a medio andar, contemplándolo.

domingo, 12 de abril de 2015

Obra de arte.

Tus manos se asoman al lienzo en blanco como si de saludar a quien te aterra conocer por primera vez se tratase. Todo parece ser un tenso ejercicio de transportación, complicada logística que se lleva a cabo; el pensamiento debe ir directo a la punta de tus dedos, delicadamente, sin interrupciones. Cual delicada cirugía, no quieres que nada vaya mal. Y por supuesto, nada es perfecto, algún contratiempo surgirá y quién sabe cuál sera tu reacción, pero será todo menos rendirte. No te puedes permitir eso.

Pero en cuanto el lápiz toca la hoja de papel, el pincel el lienzo, apenas el cuerpo empieza a perseguir su exhaustiva coreografía, y el instrumento a regalar vibraciones, todo aquello parece no existir. Aquél ejercicio ha rendido sus frutos y como arte de magia los sentimientos que, tal vez por mucho tiempo, tal vez por poco, estuvieron encerrados golpeando el interior de tu cráneo, y de tu corazón, por fin se encuentran danzando, de una u otra manera. La pintura sirve de testigo para ti mismo, el grafito se acomoda en el papel para hacerte honor; cada movimiento de tus manos, de tu cuerpo, de tu boca, se encarga de regañar al estómago y arrebatarle la potestad de hacerte sentir agobiado. Tal vez al igual que la materia, los sentimientos no se crean ni se destruyen, sólo se transforman.

Al final tu obra de arte yace, aunque inerte, viva, esperando a ser admirada; a ser descubierta. Tú conoces cada rincón, cada detalle, cada acento y cada tono, y al mismo tiempo no conoces absolutamente nada de ella. La obra de arte se vuelve una proyección desconocida de aquello que siempre has comprendido, como aquella persona con la que nunca sostuviste una conversación y parecías saber todo de ella. 

Sublime perspectiva de la naturaleza, ella nos crea: ella se crea. El arte es paradoja, el arte es sentimiento. El arte es la cálida proyección de lo que eres, en ese momento, y siempre. El arte es el eco que dejas en el aire.

Y quienes la conocen, quienes la dominan, han descubierto una gema, y se han vuelto eso mismo.

miércoles, 1 de abril de 2015

De días grises y bellezas relativas.


Ahora que lo pienso, no hay un día nublado, gris, que se me haya atravesado sin que yo lo admirara. No ha habido nube que vea y, de una u otra manera, poetice. Son ellas las que están en el medio de todo; guerreras capaces de desafiar al sol. En un viaje sin fin se encuentran revolviendo el cielo y haciéndolo una obra de arte; más de lo que ya es.

Al menos así lo ha sido desde que aquél viento frío en un ambiente de luces tenues y repetitivo tronar dejó de asustarme. Las tormentas solían aterrarme. De niño me quedaba de cuclillas llorando por el inminente peligro que una lluvia representaba para mí, tal vez sin razón alguna. Las tormentas me paralizaban, haciendo de mí un pequeño saco inútil de huesos y carne que se acomodaba a los brazos de su madre. Ahora los diluvios, a mis ojos, poseen una belleza que muy pocas cosas pueden igualar; aquél rugir del viento, la tempestad imparable, el frío y la aparente oscuridad, todas se unen para dibujar en un lienzo en blanco una escena de lo que muchos llamarían depresión, y en la que yo, paradójicamente, encuentro vida.

Ya no sólo son parte del clima, ahora mi mente también se ha rodeado de ellas.

Tal como a los huracanes se les da nombres de personas, yo podría darle nombre a las tormentas que hay en mi mente. Inundaciones de dudas, miedos que truenan, viento que derriba la débil estructura que me sostiene. Conozco bien cada una de las tempestades que día a día se ocupan de revolver mi mente: cada nube, cada trueno, cada gota ha sido estudiada, aunque nunca cesen de sorprenderme.., y de herirme.

Y es en esos días grises en los que me pregunto, ¿soy el único que ve belleza en esa inminente destrucción? ¿Soy el único que se hace la imagen de la vida mientras la muerte desfila enfrente de mí? La paradójica inmensidad de aquél encierro de nubes se hace aún más grande conforme la analizo, y cada vez me siento más pequeño. Aún quiero pensar que aquél montón de virtudes no se las veo sólo yo, como quisiese pensar que el espejo no miente, pues a veces así lo parece. Quisiera pensar que no estoy loco y que aquellas tormentas mentales no son una pérdida, que no soy el anfitrión de ese escenario de guerra.

Tal vez, sólo tal vez, las nubes se han vuelto tan encantadoras que nosotros, los espectadores, no apartamos la mirada de ellas.