viernes, 6 de marzo de 2015

Una mañana llena de tus nubes.

Cuando se camina, dos posibilidades siempre logran asomarse: la mirada se fija en un sitio que no parece existir, inmóvil y atrapada, o circula por tu alrededor, notando y dejando una firma en cada cosa que se le atraviesa. De cualquiera manera, una más retorcida que la otra, te encuentras absorto.

El día lentamente se ha tornado grisáceo. A cualquiera podría parecerle que una tonalidad sin sabor augura depresión, yo decido discernir, pues cumple un trabajo que ningún otro se toma el tiempo de cumplir. Cada cosa comienza a desprender de sí su propio color, con más intensidad; ellas mismas se resaltan y quedan enmarcadas en una publicidad discreta e ingeniosa gracias a las anfitrionas, las nubes. 

He tenido que caminar cinco cuadras para poder llegar a mi destino: un simple trasbordo que hará que mi viaje continúe. Hoy, y por el resto de mi vida estoy de mochilero en un viaje que no tiene mucho sentido ni un fin preciso. Creo que algunos la llaman vida.

Pero ha sido en esos momentos en los que mi mente me empuja hacia el precipicio del sobreanálisis en los que he cometido errores. Ojalá las aceras en este lugar fueran perfectas: ni una sola grieta, ni un solo bache. De esa manera no tendría que estar tirado en el piso masajeando mi herida para que no duela tan intensamente. Y me llamarán loco, irónico, tal vez un poco cínico por permitirme hacerlo, pero en ese momento en el que mi rodilla duele de tal manera que en mi cabeza suena «pop, pop, pop» como un latido, me pregunto si habrá algo de humano en esa acera sin un sólo detalle. Por un momento me imagino caminando de manera casi robótica, admirando una perfección que me deja con un vacío en el estómago. 

Sí, los baches son justos y necesarios.

Luego de volver mi mirada por un momento a la realidad, saliendo de mi caída imaginaria, mi vista se posa sobre lo que viaja a mi lado, sólo un poco más lento. He pasado de una calle con jardines llenos de tulipanes y grandes árboles que conversan con el sol, a un pasillo de basura y paredes altas y cálidas. No puedo evitar perder mi cabeza y perderme a mí mismo en ese laberinto. Y luego de tres horas caminando horrorizado, a un paso que difícilmente se logra disfrutar, me doy cuenta de que me estás pasando por un lado.

Te vi a los ojos, los vi llenos de ternura. Vi tus mejillas coloreadas por la luz, tu boca delineada por sus curvas incomparables y tu cabello ondulante entre las ráfagas de viento. Por un pequeño instante tu belleza logró apoderarse de mi ser y envolverlo hasta quitarle el aliento. Por un pequeño instante me encontré nuevamente en esa avenida floreciente.

Y justo ahí, el error. Las manchas en la pared hicieron que mi estómago se retorciera y me invitara a tirarme al piso a sollozar. Cada pequeño mensaje, cada pequeña preocupación hizo de mí un manojo de incapacidades y garrafales metidas de pata que hicieron de todo lo demás un desperdicio. 

Justo ahí te dejé pasar. O, mejor dicho, ir. De una manera que no tiene perdón dejé de agarrar tu mano y acercarte a mí para tenerte por una infinidad con la que plácidamente viviría. De aquella manera dejé de percibir tu olor permanentemente y comencé a verte alejándote, en dirección contraria. 

Estuve absorto. 

lunes, 23 de febrero de 2015

Tragedia.

Si hay una pregunta que quiero hacer, y me hago todo el tiempo, es en qué piensa la tragedia cuando hace este tipo de obsequios. A ella, me parece, le gustan los contrarios. Como una relación de problemáticas infinitas y recurrentes nos inclinamos a buscarla y caer en ella, una y otra vez.

Sí, es que los corazones rotos, los cuerpos postrados en un lecho de desesperanzas y lágrimas -muchas lágrimas-, las miradas perdidas y los llantos ahogados a la luz del día son quienes, paradójicamente, traen consigo un vestigio de luz en esos azules que no dan más señales que de apagarse. Hablo del arte, ese sinfín de iteraciones de la realidad; arte de otro arte, capaz de abrir una herida y sanarla justo en ese instante. Esa pequeña pizca de sazón que el ser humano, dentro se sus numerosas y sublimes imperfecciones, ha sabido aprovechar.

Esos tragos dificultosos, suspiros inmemorables, aquellas imágenes que osan atravesarse y martillar a la mente como si tuvieran derecho alguno de hacerlo. Ah, quien diga que su musa no ha sido una de ellas, al menos una vez en su vida, debo confesar que no le creeré. Es que el arte ha venido a cumplir una tarea: ella es la maestra de los abismos, y la tragedia está ahí, a su lado. Porque la vida de un hombre en las alturas rebosa de cosas bellas, pero es cuando más cerca del piso se está que incluso la mínima expresión se vuelve excelsa.

El primer momento en el que se empieza a admirar lo ligeramente bueno es cuando lo que se pasa enfrente de uno es extremamente malo. 

He ahí tu importancia, tragedia. Porque regalas arte a la mente del humano, para que él mismo te asesine. Con humildad vienes a la vida sólo para morir, como todos nosotros. Te has tomado la tarea de hacernos miserables, con un objetivo noble, como los contrastes que nos regalas. Proporcionas equilibrio; sombras en un día soleado.

Te vas, pero nos dejas la belleza, oculta o a simple vista, para recordarte sin que duela. Te vas, y aparecen las luces. Te vas; aunque quedes a nuestras espaldas, observando responsablemente.

Y te odio, pero no me imagino sin haberte conocido.

Todo se vuelve arte.
Los atardeceres.
El amanecer.
La delicada figura de una sonrisa.
Esa cintura ondulante.
Las nubes negras.
Incluso tú misma.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Ciclo.

Luego de cinco minutos del fin de aquél estruendo la mente se induce un estado de ebriedad intencional. El silencio del aire ahora es más ruidoso que el silencio del pensamiento. Las aguas se disfrazan de calma y sólo son un nuevo tipo de infierno más presentable; él deshace y hace a voluntad. Parece perverso, y de hecho, es el más necesario.

El raciocinio exagerado ha cesado su rugir; su pensamiento, para dar paso a un frío incómodo que no se sabe de donde viene. Sólo quedan preguntas que se presentan tímidamente en la puerta y pronto salen corriendo, aunque el eco de su vibrar queda flotando en el aire de esa laguna oscura y sin orillas. Repentinamente ese calor, aunque desgraciado, dotado de lucro, ha dejado de existir.

El detalle primordial: el hielo te quiebra, pero no destruye. Y el calor consume, dejando entrar y creando nuevos personajes.

Yace sin pensar, sin moverse, sin siquiera hacerle cosquillas al estómago. ¿Qué es lo que está planeando? Luego de presentar a la rutina frente a ella y arropar todas las dudas, ¿es que el desasosiego extraviado es mejor que una lágrima desvivida por su causa? Y entonces como una sucesión perversa la mente vuelve a añorar el sentir, la espalda erizada sin su manto y el deseo de que acabe. El cerebro conoce de locura, lo que mejor hace se repite a la espera de un resultado que lo satisfaga.

Pero es el equilibrio torpe que sólo ella sabe manejar. Es ella agregándole el elemento oportunista del alma y dándose un descanso, y luego echándola a un lado para arreglar su desorden, o para clasificarlo. Las modalidades de la agonía reflejadas en el desinterés y a la vez en ese afecto desmedido. 

El señor infierno leva anclas para echarse a andar vestido con otro disfraz, vive de su faena. No se cansa.

Lunares.

Hacían quinientos años desde el último vestigio de luz que intentó tocar su piel, y ahora su piel sufre si se ilumina, como quien ama al sol, pero teme quemarse. Demasiadas personas se colocan de por medio, entramándose en una pared tan gruesa como aquél deseo. Las falsas luces hacen su estelar aparición. Las falsas lucen le han dejado cicatrices.

Si quieres ataja su mirada. Está danzando por ahí. Lo podrás ver dentro de sí mismo. Lleno de risas. Lleno de felicidades dolorosas. Lo podrás ver agachado, pequeño, aterrado, pero con tan fuertes brazos capaces de soportar la cúpula que él mismo ha construido.

Aunque los ojos parezcan una mancha impenetrable, es aquella negrura la más experimentada en absorber cada detalle; sortearlo, admirarlo. 

Son los lunares la muestra más perfecta de que una obra de arte es capaz de dibujarse en el cuerpo. 
El lunar propio, y el lunar desconocido.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Elegía de lo nunca obtenido.

Que lo encontraran, soñaba.
Que un par de hombros accediera,
a la trabajosa y a la vez simple,
tarea de comprender
misterios que viven muertos,
nudos que sólo aprietan.
Que un par de ojos sucumbiera,
a la sublime holgura,
de una mirada que no deja ir.

sábado, 11 de octubre de 2014

No sólo somos reggaeton y "marico, güevón".

Hace varias semanas me había encontrado a mí mismo estudiando posibilidades fuera de este estanque denominado —o eso dicen— por el afortunado señor Américo Vespucio como pequeña Venecia; Venezuela.

Un futuro más allá de los límites de este pequeño infierno multi-ambiental y cultural que, más que en algún otro momento de su historia, no está más que lleno de un caos controlado y sueños desatendidos por la realidad, había sido lo más sensato considerando las aspiraciones que sostengo. Aspiraciones que al parecer crecen obedeciendo algún comando de reproducción descontrolado. 

Nuestro mañana parece estar eternamente desvanecido, y a la vez se vuelve un lienzo mucho más blanco que cualquier otro. Estamos a merced de nuestra propia idiosincrasia sobre y subdesarrollada al mismo tiempo. Una idiosincrasia que ha sido nuestra propia destrucción y salvación. 

Sí, otro país; otro hogar. Una buena opción.
¿No?

Las horas se me han ido pensando en eso; tantas noches me he desvelado como un inútil hasta horas más tardías —o tempranas, dependiendo de la perspectiva— de las que me siento cómodo admitiendo; tanto ha influido en mi humor y en mi concentración. El nudo aún sigue bastante enredado, como esos con los que te pasas horas y horas intentando que no te ganen. 

Pues es un simple dilema que combina cien horas de un tema, y cien horas de otro. 

¿Quiénes seremos cuando nos entierren, nos cremen o quién sabe qué harán con nuestro cuerpo? Siempre he dicho que la forma más efectiva de la inmortalidad es ser recordado; dejar un cambio y sentar las bases para algo valioso, sea al nivel que sea. Realmente, a estas alturas de mi bastante joven vida, y con las cosas que he visto y leído, ser una influencia mundial no es más que una aspiración egocéntrica y un tanto superficial.

He descubierto que hay temas que en mi mente pueden dar tantas vueltas sin tener nauseas, sino que me las causan a mí. Mi concepto de la vida es que debe tener acarrear un propósito; no uno que se nos asigne, sino el que uno mismo elija. ¿No es esa la belleza de la libertad y de, ciertamente, estar vivo? No quisiera morir habiendo sido infeliz o pasado desapercibido. En la Venezuela que he vivido, en la que he sufrido, con las personas que he hablado, a quienes he visto en dificultad, a quienes he visto triunfar, a quienes he visto hacer un mal, una Venezuela con la que contraje —y puedo decir: contrajimos— matrimonio desde el momento en el que nací, hacer un cambio en ella y nuestra relación hasta ahora dañina, es, sin duda, imperativo.

Si esta Venecia fuera pequeña ya no tendría cabida para la cultura e historia enterrada tan debajo de la tierra por nuestro ajetreado vivir. Venezuela es el esplendor oculto. Es una gema opacada que aún sigue viva entre excelsas montañas, selvas húmedas y llanuras. Hoy lloramos nuestros muertos a la par de que lloramos de la risa con las bromas que nos caracterizan. 

Y si debo volverme bromista para lograr un cambio, que así sea. Aunque lo ideal sea influir con haciendo algo que me guste.
Esa, ahora, es la posibilidad que más que estudiarla, me convence.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Cartas que sólo a ti te escribo.

Sólo me hago una única y, ciertamente, persistente pregunta. 
Si se va, vuelve. Si me voy, me persigue.

¿Qué se necesita? ¿Qué necesito?

Los veo a todos pasar. Se deslizan a mi lado y los observo: cada defecto y cada virtud que, a simple vista, puedo observar. ¿Qué impresión se forma en mi mente? Imagino de todo, pienso de todo y, para el momento en el que la realidad vuelve a caer, lo hace de golpe, como un yunque.

Pareces ser una foto más de la estantería. No te escondas.

No lo hago.
Créeme.

Me quita el sueño. Mi estómago se revuelve cada noche un poco más, junto con el poder de mis pensamientos. Pensamientos que lo destruyen todo; todo de mí. Y ese remolino no se interesa en cederle el paso a la calma. Porque el único testigo de mi silente ruido es la propia figura de mi desgracia frente al espejo, que aún espera a volar en pedazos. Cada sonrisa que entrego parece ser salida de esa fábrica, dominando el arte de crear cosas de la nada; de ahí proviene.

El pasado me ha gritado que intente mantener la calma, comprarle un poco más de paciencia al tiempo y dejar de observar el caudal. La apariencia puede susurrarte palabras; tal vez apartarle el paso a una mirada de la aún viva felicidad baste, pero en mi mente esa fotografía con deseos en su reverso permanece.

Oh, qué diferencia haría.

Y a cada momento en que una lágrima intenta deslizarse entre las marcas invisibles de mi rostro intento convencerme que no... no soy amigo de esas siluetas desgraciadas e invisibles, aunque las tenga a mi lado y sepa exactamente dónde están.

Pero sí lo soy. Un acompañante; relleno de vacíos, con más vacíos.
Y luego me repito: ¿Qué necesito? 

¿Cómo te cambio?

Sólo te divisan ojos capaces de ver luces tenues.