jueves, 4 de septiembre de 2014

Cartas que sólo a ti te escribo.

Sólo me hago una única y, ciertamente, persistente pregunta. 
Si se va, vuelve. Si me voy, me persigue.

¿Qué se necesita? ¿Qué necesito?

Los veo a todos pasar. Se deslizan a mi lado y los observo: cada defecto y cada virtud que, a simple vista, puedo observar. ¿Qué impresión se forma en mi mente? Imagino de todo, pienso de todo y, para el momento en el que la realidad vuelve a caer, lo hace de golpe, como un yunque.

Pareces ser una foto más de la estantería. No te escondas.

No lo hago.
Créeme.

Me quita el sueño. Mi estómago se revuelve cada noche un poco más, junto con el poder de mis pensamientos. Pensamientos que lo destruyen todo; todo de mí. Y ese remolino no se interesa en cederle el paso a la calma. Porque el único testigo de mi silente ruido es la propia figura de mi desgracia frente al espejo, que aún espera a volar en pedazos. Cada sonrisa que entrego parece ser salida de esa fábrica, dominando el arte de crear cosas de la nada; de ahí proviene.

El pasado me ha gritado que intente mantener la calma, comprarle un poco más de paciencia al tiempo y dejar de observar el caudal. La apariencia puede susurrarte palabras; tal vez apartarle el paso a una mirada de la aún viva felicidad baste, pero en mi mente esa fotografía con deseos en su reverso permanece.

Oh, qué diferencia haría.

Y a cada momento en que una lágrima intenta deslizarse entre las marcas invisibles de mi rostro intento convencerme que no... no soy amigo de esas siluetas desgraciadas e invisibles, aunque las tenga a mi lado y sepa exactamente dónde están.

Pero sí lo soy. Un acompañante; relleno de vacíos, con más vacíos.
Y luego me repito: ¿Qué necesito? 

¿Cómo te cambio?

Sólo te divisan ojos capaces de ver luces tenues.

jueves, 28 de agosto de 2014

Nuestro ordenado desorden.

Y así, me doy cuenta de que hay demasiadas almas en desahogos ahogados. Demasiados compañeros ausentes. Demasiadas padencias inentendidas, sin un sólo oído que capte sus aullidos. Demasiados sueños acechados por ánimas sin rostro, en cambio imágenes de nuestros profundos deseos. Permanecen ahí, buscando dónde pinchar, por ser lo que son: sueños. Nada más.

Los repudiamos y a la vez los queremos. Mucho.

Sueños que viven en nuestra mente y que, con sus acompañantes desgraciados, le pagan infortunadas visitas a nuestros ojos y corazón.

Una imagen de absurdos sobrecargados de importancia. Sólo nosotros conocemos nuestro desorden.

domingo, 20 de julio de 2014

Carta a la difunta infinidad.

Sin duda el escrito más oscuro que he escrito. Mi imaginación no trabajó lo suficiente como para detallar mucho la historia. Creo que es más el estado emocional del protagonista hecha párrafos. De cualquier modo, aquí va:


Veinticinco días han pasado, y mi cama ha tenido una vida más interesante que la mía en ese tiempo, aunque sólo sostenga a un ser miserable. Un pequeño vestigio de luz se cuela entre las cortinas, y ya es suficiente para molestarme. La habitación sufre el taladrar de la oscuridad y el alcohol evaporado parece formar una nube invisible y densa que atrapa cada pensamiento racional que pueda provenir de mi mente.

Sólo hace un mes mi vida parecía ser un ejemplo para otros.
Ahora mi cara es tan neutral como el color de mi existencia; como ese gris que me persigue.
Y tú, mi pequeña, eres la única capaz de quitármelo de encima, pero no quieres que eso pase. No te culpo. Sé que mi cara te repugna, me lo demuestra tu reacción cada vez que me acerco a ti.

No te culpo.

¿Cómo algo tan sencillo puede empujarte y hacerte caer desde la cima del mundo hasta el suelo, tal vez más allá? 

Podrán decir lo que quieran. Cualquier palabra de apoyo será inútil. Fue mi culpa, y de más nadie.  Esa sonrisa hermosa y su mirada tierna y sincera ahora se ha esfumado. El rugir caluroso de su alma amainó súbitamente, todo gracias a mí. Ahora sólo queda el frío, siluetado por las lágrimas que se deslizan por mi rostro. 

Se ha ido. Logré que ella, quien desde su niñez no era más que un espléndido remolino de entusiasmo y alegría, me odiara. Su inexpresividad me acecha en cada esquina y temo que destruya su ser. Nos separan infinitos kilómetros de resentimiento acumulado y sazonado con las ansias de una nueva vida, lejos de mis abrazos, que sin yo saberlo se convirtieron en filosas cuchillas.

¿Qué hago para recuperarte? ¿Cómo sabrás lo inmensamente arrepentido que me siento sin que estés en mi mente y cuando, cada vez que me acerco, corres en dirección contraria a mí? 

Nada de ésto logrará su objetivo, ya lo creo, o al menos eso es lo que me dice el único espectador de mi desgracia. De a momentos me ha parecido que me habla, rompiendo el silencio de su penetrante mirada, sólo para empujarme más abajo en el suelo; tan abajo que ni yo mismo me podré ver.  Ya no te podré recuperar, y mi vida carece de sentido sabiendo que no me amas como antes lo hacías; como cuando pronunciabas la frase «te amo» torpemente, sin saber qué significaba y con una sonrisa adorable dibujada en tu rostro.

Te destruí y en el proceso me hice pedazos. ¿O fue al revés?

Sólo sé que con el silente espía de mi decaimiento clavado en mi estómago, por fin dejaré de escuchar. Ni mi llanto ni mis pensamientos resonarán.

Por fin, paz; trágica y deshonrosa, pero paz al fin.

lunes, 7 de julio de 2014

Entre infiernos decorados, una tienda de flores.

El sol nace, nuevamente, alzado por su orgullo caluroso e intimidado por la autoridad de las nubes. Lentamente el rugir del ajetreo empieza a resonar, como un eco de días pasados. La rutina empieza a invadir cada inoportuno y desdichado lugar a donde debe ser recibida; abrazada con hipocresía, besada en la mejilla con la menor intención. Afortunados aquellos quienes la echan a un lado y buscan ese pedazo de oro que se esconde detrás de ella.

Desde lujosos personajes hasta los más modestos actores; desde bailarines a borrachos que no sólo arrastran sus pies. Todos caminan entre cráteres calientes, llenos de lava. Todos danzan la misma coreografía; unos torpemente, otros con elegancia.

Pero todos viven el mismo infierno.
Todos sonríen dentro de un caldero oscuro.
¿Cómo lo hacen?
¿Cómo lo hago?

Entre las grietas de las áridas tierras de esos infames nueve círculos de terror, con sorpresa, ocasionalmente observo el surgir de árboles majestuosos, que parecen lanzar infinitas pinceladas de sus mejores colores. La melodiosa armonía de las hojas golpeando unas a otras sin la menor preocupación despeja el ambiente, y por momentos pienso estar en el paraíso. 

Y me quedo mirando, parado e inerte. El mundo se mueve a mi alrededor, siguiendo su camino; bailando su coreografía. No hay un espectáculo que pueda ver más veces que éste. Desde los pequeños detalles tallados con fuerza y hechos escultura; los ángeles convertidos en melodías que recorren los pasillos; las palabras de cariño que acarician el alma; las pasiones que nos acompañan hasta la muerte; las pinceladas de una mano drogada por los sentimientos; desde los atardeceres ajetreados, pero con una incesante tranquilidad, hasta la marcada figura de una sincera sonrisa.
De a momentos pierdo el sentido del espacio, olvido donde estoy. Desayuno fantasías y almuerzo felicidades. Dejo de vivir en ese infierno para revolcarme en el lodo sin la menor preocupación, como un niño pequeño.

lunes, 16 de junio de 2014

Aquí irá el título de este escrito, cuando lo tenga.

A falta de analgésicos, música.
A falta de libertad, imaginación.
A falta de imaginación, libertad.
A falta de sentimientos, experiencias nuevas
A falta de novedades, caminatas sin rumbo.
A falta de pensamientos, cambio de ángulos.
A falta de belleza, días grises.
A falta de grandeza, el pasado.

Y cuando creas que no te falta nada,
Siempre hay algo más que buscar,
Porque lo desconocido es infinito,
Lo conocido es poco,
Pero conocer es sublime.

Conoce.

Simplicidad.

Somos una gran discusión de hebras retorcidas y enredadas, sumergidas en un mar de vida y muerte; de creación y destrucción, de cambios, de giros bruscos. Somos humanos, y por dentro somos tan complicados como la mente de un gran artista. Me aventuro a decir que somos una obra de arte.

Pero las obras de arte siempre proyectan algo simple: una imagen, un motivo, a pesar de llevar tantos sentimientos, intenciones, historias y pinceladas que bien pudieron haberse resbalado entre lágrimas, o saltado entre cantos de felicidad. Lo que está debajo de nuestra superficie es una gran ciudad, dinámica y turbia. Y sin embargo, llegado el momento, nos reducimos a nada; nos desnudamos y nos volvemos puros.

En esos momentos nada importa. Ignoramos aquellas joyas que colocamos en nuestro cuerpo a la espera de que ojos inexperimentados vean su brillo, sin saber que quienes sí saben ver aprecian la belleza hasta en su más mínima expresión; aquella belleza desarreglada, recién despertada y vistiendo pijamas. 

Es la simplicidad lo que la eleva hasta más allá de las estrellas. La piel tersa, caliente y viva. Las mejillas reflejando el ferviente rojo de nuestro corazón. Nuestros labios recorriendo cada extremo del planeta con su sonrisa. Y nuestra mirada perdida entre el ocaso del cielo y la línea del horizonte.  No hace falta más nada, y nunca ha faltado.

¿O es que acaso no nacemos puros?
La naturaleza tiene demasiada belleza contenida en ella como para que el humano se atreva a querer crear una propia para suplir la falta. Como si faltara de eso en este mundo.

Vamos, que sí es posible apreciar las cosas hermosas, incluso cuando están despeinadas.

domingo, 8 de junio de 2014

¿Desilusiones?

Hacía un día extraordinario afuera, aunque los reporteros del clima no dirían lo mismo. El frío arropaba cada centímetro de mi piel y me hacía sentir en una cúpula de comodidad. El metal del cielo hacía que cada objeto proyectara una sombra tenue, casi artística.

Este clima me encantaba, y sin embargo me sentía incómodo.


Luego de quince minutos después de que la camarera me entregara mi café, éste no se había movido ni un centímetro. Pasó de humear de una manera que casi igualaba a las nubes del cielo a ser un lago marrón en medio de mi mesa. Aquella mujer seguía sentada, observando por la ventana la infinidad de las gotas, y el mundo que reflejaban. Su mirada parecía perdida, pero creo que éso es lo que aseguraría una persona que no sabe ver la belleza de las cosas, hasta las más mínimas.

Sólo si ella supiera que no sólo las gotas reflejan un mundo hermoso. Ella parecía reflejar todo eso y más. 
Al menos eso me parecía a mí.

Son muy pocas las veces, en la vida de alguien, en que una persona totalmente desconocida y extraña puede provocar ese tipo de sentimientos. La belleza de su rostro, la suavidad de su postura y lo sublime, humilde y sincero de su mirada hacían en mi estómago un revoloteo de mariposas y en el pulso de mi corazón unas ganas inmensas de que mis latidos le pertenecieran.

Aunque sea una desconocida, —puede ser todo lo contrario de lo que pienso— algo me dice que estoy en lo correcto.

Luego de quince minutos más de una meditación infinita, de ejercicios mentales orientados a no estropear el momento a venir, me decidí. Debía hablarle, debía interceptar su mirada infinita y dirigirla a mis ojos. Tenía que hacerlo, sino mi propia mente no me dejaría tranquilo.

Me armé de valor y me despojé de la —sinceramente ridícula— silla de la cafetería, y caminé hasta ella. Se encontraba a unas tres mesas de distancia, con la cabeza tan cerca de los ventanales del local que pareciera que estuviera apoyada en las gotas de agua. Finalmente me acerco a ella.

—Eh, hola. Normalmente no hago esto, pero quisiera sentarme contigo. — Le dije sin más.

Esas fueron mis palabras, creo que fue la peor línea que pude haber aplicado para sentarme en la misma mesa que una hermosa mujer ocupa. Sin embargo su reacción fue inesperada. Sin cruzar a la línea del desinterés, dejó de mirar la lluvia, para darme una leve sonrisa y darme permiso para tomar asiento. Antes de que tuviera tiempo de responder ya ella había volteado a apreciar la ciudad, que pasada la tormenta, volvía a sus actividades cotidianas.

—Nunca he entendido por qué le dicen «mal clima», a mí me parece hermoso. —Balbuceó ella.

Me aventuré a responder lo que por mi mente pasara con respecto al tema, que no era mucho, pero continué la conversación. Nunca me imaginé que de esa pequeña semilla, que parecía tan estéril como la tierra del desierto, pudieran nacer tantos temas de conversación agradables. Me encantaba que ella apreciara los días lluviosos tanto como yo.

Luego de una hora de aquél excelso diálogo, y de haber bebido un café nuevo —esta vez caliente—, debí irme. Con una sincera disculpa interrumpí la conversación y me paré de la silla. Me sentí un poco desilusionado porque al hacerlo ella volvió a su aparente falta de interés en todo lo demás. ¿Será que luego de tanta cháchara no le parecí interesante? 

Saludé a Mary, la camarera, dándole la propina que merecía, y me volví a devolver la silla a su sitio. Cuando subo la mirada la encuentro a mi lado mirándome fijamente; de haber sido otra persona quien hiciera eso, seguro me asustaría. 

—Llámame, me gustaría. — Me dice luego de darme su número en un pequeño papel lleno de café. Y luego procedió a darme un sutil beso en la mejilla.
—Lo haré. —Respondí nervioso y un poco atontado.

Nunca me esperé eso. ¡Qué muchacha tan misteriosa! Me atraía como nunca, y podría llegar a decir que incluso me gustaba. Salí de la tienda con una expresión de confusión y alegría. Desde algún lugar de la calle comenzó a sonar una canción que, convenientemente, era una de mis favoritas. La sonrisa que se escapó de mi cara luego de dar unos cuantos pasos era inigualable, la sensación que tenía en mi cuerpo variaba entre una satisfacción sublime, un nerviosismo que no supe entender y, por supuesto, las mariposas.

De repente todo parece desplomarse y empieza a ponerse oscuro. Ya no siento nada de lo que sentía, ahora siento preocupación. Y mi cuerpo me pesa. ¿Qué está pasando?

Golpeo la alarma con todas mis fuerzas. Creo que ya esa canción no será una de las que más me agraden, al menos por un buen tiempo. Mi estómago está revuelto y mi mente destruida por la ilusión que ella misma creó, y hoy debo caminar con ese peso en mi mente. Debo terminar de despertar, pues mi día apenas comienza.

Qué hermosa aquella figura inexistente. 
Extraño un par de ojos que no brillan, un perfume que no huele y una boca que no siente.