domingo, 14 de diciembre de 2014

Lunares.

Hacían quinientos años desde el último vestigio de luz que intentó tocar su piel, y ahora su piel sufre si se ilumina, como quien ama al sol, pero teme quemarse. Demasiadas personas se colocan de por medio, entramándose en una pared tan gruesa como aquél deseo. Las falsas luces hacen su estelar aparición. Las falsas lucen le han dejado cicatrices.

Si quieres ataja su mirada. Está danzando por ahí. Lo podrás ver dentro de sí mismo. Lleno de risas. Lleno de felicidades dolorosas. Lo podrás ver agachado, pequeño, aterrado, pero con tan fuertes brazos capaces de soportar la cúpula que él mismo ha construido.

Aunque los ojos parezcan una mancha impenetrable, es aquella negrura la más experimentada en absorber cada detalle; sortearlo, admirarlo. 

Son los lunares la muestra más perfecta de que una obra de arte es capaz de dibujarse en el cuerpo. 
El lunar propio, y el lunar desconocido.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Elegía de lo nunca obtenido.

Que lo encontraran, soñaba.
Que un par de hombros accediera,
a la trabajosa y a la vez simple,
tarea de comprender
misterios que viven muertos,
nudos que sólo aprietan.
Que un par de ojos sucumbiera,
a la sublime holgura,
de una mirada que no deja ir.

sábado, 11 de octubre de 2014

No sólo somos reggaeton y "marico, güevón".

Hace varias semanas me había encontrado a mí mismo estudiando posibilidades fuera de este estanque denominado —o eso dicen— por el afortunado señor Américo Vespucio como pequeña Venecia; Venezuela.

Un futuro más allá de los límites de este pequeño infierno multi-ambiental y cultural que, más que en algún otro momento de su historia, no está más que lleno de un caos controlado y sueños desatendidos por la realidad, había sido lo más sensato considerando las aspiraciones que sostengo. Aspiraciones que al parecer crecen obedeciendo algún comando de reproducción descontrolado. 

Nuestro mañana parece estar eternamente desvanecido, y a la vez se vuelve un lienzo mucho más blanco que cualquier otro. Estamos a merced de nuestra propia idiosincrasia sobre y subdesarrollada al mismo tiempo. Una idiosincrasia que ha sido nuestra propia destrucción y salvación. 

Sí, otro país; otro hogar. Una buena opción.
¿No?

Las horas se me han ido pensando en eso; tantas noches me he desvelado como un inútil hasta horas más tardías —o tempranas, dependiendo de la perspectiva— de las que me siento cómodo admitiendo; tanto ha influido en mi humor y en mi concentración. El nudo aún sigue bastante enredado, como esos con los que te pasas horas y horas intentando que no te ganen. 

Pues es un simple dilema que combina cien horas de un tema, y cien horas de otro. 

¿Quiénes seremos cuando nos entierren, nos cremen o quién sabe qué harán con nuestro cuerpo? Siempre he dicho que la forma más efectiva de la inmortalidad es ser recordado; dejar un cambio y sentar las bases para algo valioso, sea al nivel que sea. Realmente, a estas alturas de mi bastante joven vida, y con las cosas que he visto y leído, ser una influencia mundial no es más que una aspiración egocéntrica y un tanto superficial.

He descubierto que hay temas que en mi mente pueden dar tantas vueltas sin tener nauseas, sino que me las causan a mí. Mi concepto de la vida es que debe tener acarrear un propósito; no uno que se nos asigne, sino el que uno mismo elija. ¿No es esa la belleza de la libertad y de, ciertamente, estar vivo? No quisiera morir habiendo sido infeliz o pasado desapercibido. En la Venezuela que he vivido, en la que he sufrido, con las personas que he hablado, a quienes he visto en dificultad, a quienes he visto triunfar, a quienes he visto hacer un mal, una Venezuela con la que contraje —y puedo decir: contrajimos— matrimonio desde el momento en el que nací, hacer un cambio en ella y nuestra relación hasta ahora dañina, es, sin duda, imperativo.

Si esta Venecia fuera pequeña ya no tendría cabida para la cultura e historia enterrada tan debajo de la tierra por nuestro ajetreado vivir. Venezuela es el esplendor oculto. Es una gema opacada que aún sigue viva entre excelsas montañas, selvas húmedas y llanuras. Hoy lloramos nuestros muertos a la par de que lloramos de la risa con las bromas que nos caracterizan. 

Y si debo volverme bromista para lograr un cambio, que así sea. Aunque lo ideal sea influir con haciendo algo que me guste.
Esa, ahora, es la posibilidad que más que estudiarla, me convence.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Cartas que sólo a ti te escribo.

Sólo me hago una única y, ciertamente, persistente pregunta. 
Si se va, vuelve. Si me voy, me persigue.

¿Qué se necesita? ¿Qué necesito?

Los veo a todos pasar. Se deslizan a mi lado y los observo: cada defecto y cada virtud que, a simple vista, puedo observar. ¿Qué impresión se forma en mi mente? Imagino de todo, pienso de todo y, para el momento en el que la realidad vuelve a caer, lo hace de golpe, como un yunque.

Pareces ser una foto más de la estantería. No te escondas.

No lo hago.
Créeme.

Me quita el sueño. Mi estómago se revuelve cada noche un poco más, junto con el poder de mis pensamientos. Pensamientos que lo destruyen todo; todo de mí. Y ese remolino no se interesa en cederle el paso a la calma. Porque el único testigo de mi silente ruido es la propia figura de mi desgracia frente al espejo, que aún espera a volar en pedazos. Cada sonrisa que entrego parece ser salida de esa fábrica, dominando el arte de crear cosas de la nada; de ahí proviene.

El pasado me ha gritado que intente mantener la calma, comprarle un poco más de paciencia al tiempo y dejar de observar el caudal. La apariencia puede susurrarte palabras; tal vez apartarle el paso a una mirada de la aún viva felicidad baste, pero en mi mente esa fotografía con deseos en su reverso permanece.

Oh, qué diferencia haría.

Y a cada momento en que una lágrima intenta deslizarse entre las marcas invisibles de mi rostro intento convencerme que no... no soy amigo de esas siluetas desgraciadas e invisibles, aunque las tenga a mi lado y sepa exactamente dónde están.

Pero sí lo soy. Un acompañante; relleno de vacíos, con más vacíos.
Y luego me repito: ¿Qué necesito? 

¿Cómo te cambio?

Sólo te divisan ojos capaces de ver luces tenues.

jueves, 28 de agosto de 2014

Nuestro ordenado desorden.

Y así, me doy cuenta de que hay demasiadas almas en desahogos ahogados. Demasiados compañeros ausentes. Demasiadas padencias inentendidas, sin un sólo oído que capte sus aullidos. Demasiados sueños acechados por ánimas sin rostro, en cambio imágenes de nuestros profundos deseos. Permanecen ahí, buscando dónde pinchar, por ser lo que son: sueños. Nada más.

Los repudiamos y a la vez los queremos. Mucho.

Sueños que viven en nuestra mente y que, con sus acompañantes desgraciados, le pagan infortunadas visitas a nuestros ojos y corazón.

Una imagen de absurdos sobrecargados de importancia. Sólo nosotros conocemos nuestro desorden.

domingo, 20 de julio de 2014

Carta a la difunta infinidad.

Sin duda el escrito más oscuro que he escrito. Mi imaginación no trabajó lo suficiente como para detallar mucho la historia. Creo que es más el estado emocional del protagonista hecha párrafos. De cualquier modo, aquí va:


Veinticinco días han pasado, y mi cama ha tenido una vida más interesante que la mía en ese tiempo, aunque sólo sostenga a un ser miserable. Un pequeño vestigio de luz se cuela entre las cortinas, y ya es suficiente para molestarme. La habitación sufre el taladrar de la oscuridad y el alcohol evaporado parece formar una nube invisible y densa que atrapa cada pensamiento racional que pueda provenir de mi mente.

Sólo hace un mes mi vida parecía ser un ejemplo para otros.
Ahora mi cara es tan neutral como el color de mi existencia; como ese gris que me persigue.
Y tú, mi pequeña, eres la única capaz de quitármelo de encima, pero no quieres que eso pase. No te culpo. Sé que mi cara te repugna, me lo demuestra tu reacción cada vez que me acerco a ti.

No te culpo.

¿Cómo algo tan sencillo puede empujarte y hacerte caer desde la cima del mundo hasta el suelo, tal vez más allá? 

Podrán decir lo que quieran. Cualquier palabra de apoyo será inútil. Fue mi culpa, y de más nadie.  Esa sonrisa hermosa y su mirada tierna y sincera ahora se ha esfumado. El rugir caluroso de su alma amainó súbitamente, todo gracias a mí. Ahora sólo queda el frío, siluetado por las lágrimas que se deslizan por mi rostro. 

Se ha ido. Logré que ella, quien desde su niñez no era más que un espléndido remolino de entusiasmo y alegría, me odiara. Su inexpresividad me acecha en cada esquina y temo que destruya su ser. Nos separan infinitos kilómetros de resentimiento acumulado y sazonado con las ansias de una nueva vida, lejos de mis abrazos, que sin yo saberlo se convirtieron en filosas cuchillas.

¿Qué hago para recuperarte? ¿Cómo sabrás lo inmensamente arrepentido que me siento sin que estés en mi mente y cuando, cada vez que me acerco, corres en dirección contraria a mí? 

Nada de ésto logrará su objetivo, ya lo creo, o al menos eso es lo que me dice el único espectador de mi desgracia. De a momentos me ha parecido que me habla, rompiendo el silencio de su penetrante mirada, sólo para empujarme más abajo en el suelo; tan abajo que ni yo mismo me podré ver.  Ya no te podré recuperar, y mi vida carece de sentido sabiendo que no me amas como antes lo hacías; como cuando pronunciabas la frase «te amo» torpemente, sin saber qué significaba y con una sonrisa adorable dibujada en tu rostro.

Te destruí y en el proceso me hice pedazos. ¿O fue al revés?

Sólo sé que con el silente espía de mi decaimiento clavado en mi estómago, por fin dejaré de escuchar. Ni mi llanto ni mis pensamientos resonarán.

Por fin, paz; trágica y deshonrosa, pero paz al fin.

lunes, 7 de julio de 2014

Entre infiernos decorados, una tienda de flores.

El sol nace, nuevamente, alzado por su orgullo caluroso e intimidado por la autoridad de las nubes. Lentamente el rugir del ajetreo empieza a resonar, como un eco de días pasados. La rutina empieza a invadir cada inoportuno y desdichado lugar a donde debe ser recibida; abrazada con hipocresía, besada en la mejilla con la menor intención. Afortunados aquellos quienes la echan a un lado y buscan ese pedazo de oro que se esconde detrás de ella.

Desde lujosos personajes hasta los más modestos actores; desde bailarines a borrachos que no sólo arrastran sus pies. Todos caminan entre cráteres calientes, llenos de lava. Todos danzan la misma coreografía; unos torpemente, otros con elegancia.

Pero todos viven el mismo infierno.
Todos sonríen dentro de un caldero oscuro.
¿Cómo lo hacen?
¿Cómo lo hago?

Entre las grietas de las áridas tierras de esos infames nueve círculos de terror, con sorpresa, ocasionalmente observo el surgir de árboles majestuosos, que parecen lanzar infinitas pinceladas de sus mejores colores. La melodiosa armonía de las hojas golpeando unas a otras sin la menor preocupación despeja el ambiente, y por momentos pienso estar en el paraíso. 

Y me quedo mirando, parado e inerte. El mundo se mueve a mi alrededor, siguiendo su camino; bailando su coreografía. No hay un espectáculo que pueda ver más veces que éste. Desde los pequeños detalles tallados con fuerza y hechos escultura; los ángeles convertidos en melodías que recorren los pasillos; las palabras de cariño que acarician el alma; las pasiones que nos acompañan hasta la muerte; las pinceladas de una mano drogada por los sentimientos; desde los atardeceres ajetreados, pero con una incesante tranquilidad, hasta la marcada figura de una sincera sonrisa.
De a momentos pierdo el sentido del espacio, olvido donde estoy. Desayuno fantasías y almuerzo felicidades. Dejo de vivir en ese infierno para revolcarme en el lodo sin la menor preocupación, como un niño pequeño.